lunes, 2 de marzo de 2015

Feminazi muerde al patriarcado.

27 febrero 2015
17 años

  Me he dado cuenta que cuando alguien habla de machismo no sabe ni lo que engloba esa palabra. Que cuando alguien dice 'si el machismo ya no existe' o 'a lo mejor es que tú eres un poco radical, ¿no crees?' no saben si quiera que me están dando toda la razón.
  Por eso aviso de ante mano a ese que se cree que 'su chica' es suya, que se prepare. A ese que se piensa que es más fuerte que la de al lado. Al que se pone celoso por ver a su novia, o amiga, llevar un escote 'por el ombligo'. Al que piensa que esas son unas putas. Al dice que las otras  van de calientapollas. Me dirijo a aquel que piensa que su deber es proteger a su compañera. O a su ex. Al que la mira desde arriba. A ese que cuando ve un grupo de chicas pasar, ve un grupo de tontitas pasar. Al que se cree con derecho a tratarla como a él le apetezca, a levantarle la voz y a besarla cuando le convenga. Al que piensa que puede follarsela sin que esta tenga ganas. Al que espera en el sofá mientras que una recoje. Al chico que luego va y piensa que podrá quejarse y lloriquear sobre el hombro de la chica. Esa chica que se deja tocar aunque no quiera. Que te cuida y te limpia. Aviso de ante mano que todo esto tiene un fin y haré lo que esté en mi puño, en mi ser y en mi fuerza para presenciarlo. Que el característico olor a machismo putrefacto se puede oler desde las seis y media de la mañana una vez pisas el suelo de fuera de casa, asfalto grasiento bajo pelo engominado. Y bueno, no hace falta explicar que el mal olor se debe a la suciedad, que no se va sola y hay que limpiarla.
  Aviso y grito al que silba por la calle cuando alguna con tacones pasa por ahí. Al que ríe al ver una chica con paso rápido y ligero a las cuatro de la madrugada por las calles de la ciudad. Al que al caminar sólo por un callejón oscuro no siente miedo, pánico, a que le pase algo. Al que en su puta vida a estado siete escalones por debajo desde que nació. Al que le cuelgan las pelotas y le gusta meneársela viendo un par de tetas. Al que decide que el útero de una mujer es suyo. A ese que decide que hoy las chicas entran gratis. Al que paga un salario más bajo a una mujer por hacer el mismo trabajo que un hombre. Que no son pocos, por no decir todos. A todos esos, les digo que se van a joder.
  

 Que somos muchas ayudándole a la luna, casi un batallón.

Epitafio: murió triste.

16 octubre 2014
17 años


 Ella no era triste. Ella era tristeza. Mientras fuera llovía, se sentía protegida, veía cobijo en cada gota, y abrazos en la espesa niebla. Nunca lloraba con luz, temía que su cuerpo se declarase en sequía en pleno día, a pesar de su corazón empapado, chorreando a borbotones. Sólo cuando se encontraba sola -siempre estuvo sola aún estando rodeada de gente- sin nadie que pudiese presenciar la escena, lloraba desconsoladamente, vaciando su interior para no ahogar sus pulmones en su oscura tempestad.
 Los que la conocían presenciaban cómo iba desgastándose poco a poco. Sabían que lloraba al ver sus arrugadas e hinchadas ojeras bajo dos grandes pozos negros, y dos sendas rojas cicatrizadas en sus blancas mejillas (siempre estaba fría). Nunca vivió realmente en el mismo mundo que los de su al rededor. No encajaba, no comprendía (o no quería hacerlo). La tomaban por loca.
  Pobre de ella, que su único amigo era un libro de hojas blancas, sus únicos guías libros escritos por personas ajenas, muertas todas, y su único punto de apoyo una pluma con la que escribía día y noche.
  Cuanto más seca estaba la pluma, más tormenta había en su interior.

Eterna juventud.

26 septiembre 2014
17 años

 Leíamos esta mañana en clase un texto del diario El Mundo en el que el escritor reflexionaba sobre el afán del hombre por no morir. Personalmente, nunca he entendido esa manía por aferrarse fuertemente a la vida. Lo entiendo, pero no la comparto. Quizá sea por eso por lo que también exista ese tópico de la eterna juventud. Por lo que personas y personas, una vez cumplidos los 40 años aproximadamente, repiten una y otra vez ese 'ojalá jóvenes otra vez'. Tengo que sonreír siempre que me dicen '¡aprovecha estos años, que luego ya los echarás en falta!' Una y otra vez. Mi sonrisa siempre va acompañada de un 'ya lo hago' y un comentario para mis adentros que le acusa de no ser muy original. Estas personas ya notan que tienen los años contados y un joven, por el contrario, ni lo intuye.
O quizá este pensamiento simplemente venga acompañado de la cultura. Todo lo que nos rodea actualmente está impregnado por ese ansia de volver a esos años en los que la vitalidad nunca faltaba, las ojeras casi no se notaban y en la piel no se distinguía ni un ápice a arrugas. Estoy hablando de la inmensa cantidad de productos de cosmética, que sirven única y exclusivamente para avisar al mundo que todavía sigues con ese aspecto juvenil. Lo digo porque en este mundo, y me atrevería a especificar en países 'desarrollados', se le ha dado una importancia y una fijación bestial a la juventud. Un ejemplo de ello, es el famoso Peter Pan, un joven que por no crecer vive en una isla mágica. 
 Si nos remontamos al antiguo egipcio, te pueden asegurar que ellos no evitaban la muerte, al contrario, ya que la vida terrenal era una simple preparación para la eterna vida junto a los dioses. Cierto es que la religión más fomentada (al menos en nuestro entorno), el cristianismo, también afirma esa supuesta vida eterna después de la muerte. Pero acabar con tu vida significaría traicionar a tu dios, el cual te la ha otorgado.
 Así pues, podemos deducir que ese afán por permanecer en la juventud es seguramente consecuencia de la cultura en la que uno vive. ¿No es Peter Pan reflejo del pensamiento actual? Nadie quiere crecer por que realmente el físico condiciona mucho nuestra mente. Nos han hecho creer que al ir sumando tus años, tu vigencia (por así decirlo) se va restando. En los anuncios, en las revistas, en las películas... Siempre aparece ahí la persona mayor que sólo está por hacer acto de presencia. La jubilación, por ejemplo, es una forma de decir que tu mente ya no está lo suficientemente capacitada como para hacer cosas que antes sí hacías. ¿Y si a los 60 tienes mentalidad de 40? Quiero decir, habría que saber diferenciar entre una juventud física, y una mental. La física es aquella que aparentas. La mental, más importante, es la cual presenta tu interior. Tus actos y pensamientos. En mi opinión, tú eliges, si ver la vejez como un simple camino a la muerte, e ir desgastándote poco a poco, o vivir eternamente 'joven' hasta que, efectivamente, mueras.

Plaga de cerdos

21 julio 2014
16 años


 Dime tú por qué vivimos si es siempre a la sombra. Qué lógica tiene vivir si somos ratas de laboratorio, con demasiada impotencia incluso antes de nacer. Por qué tenemos que aguantar que tres putos halcones decidan nuestro 'destino', nuestras vidas, en vez de nosotros. 
 "A estos les damos un buen sueldo" "a los de aquí les hacemos sudar por poco dinero" "estos no se ni qué hacen ahí, eliminémosles" "que les eliminen estos otros"
 Me los imagino con pelo engominado, cuatro cerdos con copas de whisky medio vacías y tabaco negro en sus pulmones. Y en sus manos. Están ante una mesa con un mapa del mundo sobre ella. Como un tablero de juego: si aquí caen los dados, ese país sufrirá lo que le toque, bueno o malo. Se ríen a carcajada limpia mientras salpican con su saliva ensangrentada el mapa. El mundo. Comen sin parar y se masturban pensando en la mugre de mundo que están creando.
Escoria.
 Se que no hay respuesta posible y, a lo poco, esperanzadora. Yo sólo se que vida sólo hay una, oportunidad también hay una, y deberíamos dejar de poner nuestro culo y poner la cara. Que en lo que nos queda algo cambie, por favor. Que cambie...

Verdad a mentirijillas

27 febrero 2014
16 años

¿Sera todo esto un sueño? ¿Seremos víctimas de un sueño interminable, que no se acaba? Todo lo que tengo a mi alrededor, ¿será fruto de una imaginación brillante?


Es difícil saber realmente qué es verdad de lo que tienes a tu alrededor y qué no. Distinguir. Por que realmente sólo podemos saber con certeza lo que nosotros mismos vemos y hacemos. Todo lo demás, lo que te dicen, afirman o niegan, no es certero. No yéndonos muy lejos, la televisión de tu salón o el periódico mismo que sujetas cada mañana entre tus manos. ¿Cómo sabes realmente que eso es cierto? Quiero decir, sabemos que existe cierta manipulación en los medios según le venga bien a uno u otro, pero, ¿hasta dónde pueden llegar? O ¿hasta dónde han llegado? Hemos de reconocer la confianza ciega que depositamos cada individuo en 'los de arriba'. Por mucho que no estemos de acuerdo, por mucho que nos demos cuenta de ciertas injusticias, lo dejamos todo en sus manos. Posiblemente esto lo hagamos por el sistema democrático que no hace mucho elegimos. Aún así, el sistema con el que contamos en este país es totalmente cuestionable. Democracia viene de las palabras ‘demos’ (pueblo) y ‘cracia’ (gobierno): un gobierno del pueblo. Lo que da a entender la participación política del pueblo. Según la teoría, el estado debería escuchar, comprender y actuar según el bienestar de los ciudadanos. Ahora bien, ¿esto es así? No. Rotundamente no. 
  Volviendo al tema de la verdad, en este ámbito no se respira mucha verdad. Cierto es que muchos tienen los ojos más abiertos y distinguen varias mentiras. Pero desgraciadamente nunca llegaremos a saber una verdad en su totalidad. Lo más violento de todo es que estamos hablando de nuestra verdad. La verdad de nuestra vida. Podría profundizar más y hablar de las mentiras más recientes que nos incumben, tales como la inocencia de la infanta Cristina, ladrona de nuestro dinero; las innumerables cuentas en Suiza de cada personaje político, banquero, empresario y cualquier ser humano con acceso a grandes sumas de dinero; derechos que nos han prometido y luego no han cumplido. Etcétera...
  Un ejemplo muy ligado a este tema es el reportaje del pasado domingo 23 de febrero del periodista catalán Jordi Évole, "Operación Palace". Jordi lo presentó como una investigación del golpe de estado de 1981 protagonizado por Tejero. Durante el documental, se podía afirmar que dicho golpe de estado fue una estafa, algo premeditado y ensayado rigurosamente para la perpetuación y asentación de la democracia y monarquía. Para ello, personajes políticos y periodísticos confesaban lo ocurrido. Más de 5,2 millones de españoles vieron el programa, y la mayoría creyó palabra por palabra hasta el final, cuando desmienten toda la información dada.
 Esto dio para reflexionar, claro. Porque por lo menos el equipo de La Sexta reconoció la mentira, pero ¿y la cantidad de veces que han podido hacer algo así y nos hayan privado de la verdad? Reconozco que yo me lo creí.
  Más tarde, Évole afirma que comenzaron a investigar sobre este hecho histórico y había documentos que 33 años más tarde todavía no se pueden abrir. ¿Qué verdad tan entrebuscada puede haber entre esos papeles? No lo sabemos. Y precisamente eso es lo que quieren.
  De toda la vida es más fácil controlar al tranquilo, manso sujeto que al activo, culto y atento. Por eso mismo a un gobierno no le viene bien que el pueblo, la mayoría, sepan las desfachateces que se pueden lograr hacer. Cuanto menos sepamos, menos listos y por lo tanto menos reivindicativos. Por esto nos privan de la verdad.
  Podemos ver otro ejemplo, y es la injusticia que hay con las víctimas del franquismo. Lo que se ha hecho ha sido tapar con una capa negra todo lo sucedido. Tapar con una tapa negra incluso a familias enteras. Ese parece un punto débil de la justicia en España. ¿De verdad tiene que ser otro país el que exija verdad? Las fosas comunes, las tierras robadas, la riqueza en familias surgida de la nada... Intenta tapar la verdad como sea. Véase la invalidación como juez de Garzón, o a las familias destrozadas que merecen justicia.  
  Con todo y con esto, lanzo un grito a todo aquel que odie la realidad abstracta en la que vivimos, el pozo oscuro en el que nos sumergimos (y nos sumergen). Todo aquel que no soporte la ignorancia, que ponga el puño sobre la mesa, se levanta del sofá y realmente salga a la calle a pedir justicia. 

Sea o no sea esta vida real, luchemos por conocerla.

Lo que tiene

18 febrero 2014
16 años

 A los que viven de noche y usan de sol una estrella. A los que ríen sólo si es necesario, y sobre todo, a los que sienten riendo y ríen sintiendo.

  
 Qué bonita es la locura, cuando no es locura. Qué bonita es la locura, si la miras al revés y sólo con el ojo izquierdo. Oh, qué bonita es. 
  Qué es sino un loco alguien quién intenta escapar. O mejor dicho, entrar. ¿No sería bonito abrir los ojos? Ay sí, y descorchar una botella a las nueve de la mañana. O mejor aún, no hacerlo y tirarla. Sí, sí, con alcohol dentro y cristales rotos. Que corten.
  Bueno, y ¿qué me dices de correr? A cada paso más rápido y más ligero. Sale todo y te deja entrar. O escapar. Explota. Explotas.
  Que lo dejes todo, joder. Que lo dejes y abras o cierres o mimes tu moral. Pero arriésgate un poco anda. Rásgate. Vives continuamente con unos labios rozando tu oreja, repitiéndote a susurros que no. Tu piel se eriza por su gélido aliento, y no. Por su voz sensual. Por que no niegues que te excita, y es que qué bien lo sabes. Que el sentido lo tiene, y haciendo caso a los demás, ni lo sientes. Prefieres soportar escalofríos a correr y desatarte. Que la locura es hermosa, y cuánto puedes saberlo, y saborearla. Deja de ver las gotas y empápate estando dentro. Y fuera. Y arriba y abajo. Sopla el polvo y échale aceite. Que no suene a óxido, no querrás aparentar algo así. Anda ve y alimenta tu corazón mecánico de lo único que es capaz de tragar. Empieza a vivir y deja de quejarte.

Rota.

23 enero 2014

Un día te levantas, todavía a oscuras. Con el sol cansado y quejoso de tener que aparecer, iluminar, cuando en realidad lo que él quiere es encontrar a la luna y ver la noche al fin. Te levantas y arrastrando los pies, provocas el único sonido que se escucha en la casa. Arrastre de arrastrada. Otro ruido rompe con el silencio, y es el correr de la cortina de la ducha. El agua recorre tu cuerpo, gota a gota, cascadas como lengüetazos. Sobre tu piel. 
 Sales de la ducha y te miras al espejo. Pelo mojado y algo más. Pelo llorando sobre tus hombros. Miras y no te reconoces. Las gotas recorren mechones hasta llegar a las puntas. Cesan, como si no quisiesen caer, como si suplicasen que las agarres. Pero caen. Vértigo. Y tu sientes que no, no eres tú. Tu corazón se arruga como para escurrirse. Se encoge. Se encoge mucho. Y no es tuyo. 

Las calles mojadas te han visto crecer.

Diciembre 2013

Nota cómo sus puntas resisten cada giro, cómo eleva el pie derecho hasta estirarlo completamente y permitir que el dedo gordo soporte todo el peso. Cómo su rodilla izquierda se flexiona y estira cada vez más rápido, dando una velocidad a los giros casi elegante. Cierra los ojos para olvidar a los cientos de personas que están mirando hacia el escenario. Un escenario negro como las panteras -parece que ha estado esperándola- donde se encuentra ella. A los lados, un telón de terciopelo rojo está recogido por cuerdas color mostaza. En el techo los focos iluminan tenuemente, para que uno más grande ilumine a la bailarina, persiguiéndola por todo el escenario.
 Cierra los ojos y se centra en su respiración. En el roce de sus zapatillas contra el suelo, de sus brazos acompañando el aire. La música la atrapa, la escucha tan fuerte que le da la sensación de que va a borrar todos sus recuerdos. Va a barrer todo lo que tiene rondando en la cabeza. La va a ayudar a olvidar.

 Olvidar cómo ella, con sus diez años de edad, se encontró perdida por las calles de la ciudad. Llovía y no lo notaba, estaba empapada pero no le importaba. Quería buscar algo que la ayudara a dar fuerzas a su hermana de tres años, desnutrida y enferma. Cuando por fin, a las puertas de una farmacia encontró una bolsa llena de medicamentos caducados, pero no inútiles, corrió a su hogar con ojos triunfantes, alzando su trofeo en alto, para que todos vieran que sin ayuda había conseguido algo que valiera la pena.
 Su hogar, donde vivía, era pequeño, pero acogedor. Tenían varios vecinos que al fin y al cabo eran su familia. Llevaban en él poco tiempo, pues su familia de acogida las trataba tan mal que se hacía mejor vivir en la calle. Tres sofás mohosos colocados de manera cuadrada delimitaban el espacio de su casa. En las esquinas, cuatro palos sujetaban un plástico a modo de techo y pared, aunque en verano estar ahí dentro se hacía insoportable.
 Al llegar con la medicina, se dio cuenta que la espera había sido larga, y al ver cómo su hermana, todo hueso y poco músculo, estaba en brazos del vecino, con gotas saladas recorriendo su carita debido al lamento de este, intuyó lo peor. No quiso tocarla, le bastó ver sus enormes ojos abiertos, vacíos de vida, para ver que eso ya no era su hermana.

  Salto, salto, plié, rondellam, pa de buré.

 Estúpida ciudad de Madrid. Dos años tras la muerte de su hermana seguía sin techo y sin cuatro paredes en condiciones. Estúpida y sucia ciudad de Madrid. Era diciembre y se acercaba la peor época del año, donde niños de ojos brillantes no escondían su sonrisa, sorprendidos por las luces de Navidad agarrados de la mano de sus padres.
 A ella también le había gustado la Navidad, incluso había llegado a pensar que el 25 de diciembre, o quizá el 6 de enero, se despertaría con regalos a su alrededor. Ni un año esos magníficos y generosos magos le habían regalado nada. Sólo traían frío y poca comida. Estúpida ciudad y estúpida Navidad.

  Sus brazos se mueven como olas del mar. Con una fluidez que deja boquiabierto a más de uno entre el público.

 El día que los agentes sociales volvieron a recogerla, no pudo resistirse lo más mínimo. Llevaba dos días sin comer y había empezado a nevar. Esa noche pudo sentarse en una mesa y comer con cubiertos. No sabía lo que tenía en el plato, era una especie de potingue marrón, pero le sabía a gloria. A los pocos días le llevaron a una casa de acogida donde, en un principio, se sentía de maravilla. Fue a la semana, al encontrarse con las manos del hombre que la cuidaba recorriendo su cuerpo, cuando salió corriendo para vivir otra vez en la calle.

  Los piqués seguidos le salen sin problemas, y esta vez el tutú no se ha descolocado. Parece un sueño. Ni un fallo, ni un tropiezo. La música suena en su cabeza cada vez más alta. Aprieta los ojos, dejando que una lágrima recorra su mejilla. Se esfuerza por dejar que la música la acoja por completo, la ayude, realmente, a olvidar.

 Mientras bailaba en el último piso de un edificio abandonado imaginaba una vida normal. Una vida donde pudiera ir a la escuela y agobiarse por cada examen. Quería ser una niña de verdad, no de mentira como lo era ella. De mentira porque había vivido más que ninguna de las de ahí abajo, que, sumidas en sus burbujas de niñas ricas, se regodeaban de sus bolsos nuevos. Golpe a golpe había ido creciendo, poco a poco, hasta llegar a ser adulta con tan solo trece años de edad. Pero no quería serlo, la niña se aferraba fuertemente a su infantilidad. Ella bailaba y se inventaba el ritmo en su cabeza, a falta de radiocasete. Recordaba, paso a paso, cada consejo que su madre le proporcionó de baile. En ocasiones decía, y repetía, que cualquier baile llevado desde el corazón valía oro. Siempre que trasmitas lo que tienes ahí dentro, le decía, podrás conmover a cualquier persona. Siempre, siempre que se lo muestres, pues ahí dentro escondes mi mayor tesoro, y tu mayor arma. Entonces cerraba los ojos -cuando para ella cerrar los ojos no era literal, sino olvidarse de lo real, adentrarse en su interior- y transformaba las paredes que tenía a su alrededor, llenas de graffitis y a medio caer, en un aula con pizarra, o en una habitación con mesa y silla. Y a veces, sólo a veces, reconocía la necesidad de una verdadera familia, con la que disfrutar de un enorme árbol de Navidad inventado, junto a una chimenea inventada y miles de regalos inventados. 'Abría' los ojos, frenaba, y volvía a empezar las diagonales de piruetas, exigiéndose que dejase de soñar y se centrase en su realidad. Pero no podía, al fin y al cabo, tenía trece años y necesitaba soñar.
 Tras la sexta pirueta con los brazos en quinta, se encontró de bruces frente a una cara familiar.
  Giro en pasé.

 Era su padre, que la miraba con ojos enternecedores, viendo cómo su niña bailaba.

  Giro.

 De su mano, con lágrimas en los ojos por la misma razón, su madre la sonreía.

  Doble giro.

 Y entre sus piernas jugueteaba su hermana, de tres años todavía, soñando con poder bailar como su hermana mayor.
 Era ella la que lloraba. No podía reprimir ese nudo en la garganta y ese mar de lágrimas que brotaban de sus ojos. Lloraba tanto que de le escapó un sollozo. Rápido, de tapó la boca y salió corriendo, procurando no pisar las jeringuillas que algún grupo de jóvenes, o de adultos, habían dejado en el suelo. Corrió escaleras abajo y cuando salió a la calle siguió corriendo calle arriba, empujando sin querer a las niñas normales con sus bolsos normales. Las lágrimas le impedían ver con claridad. Corrió y corrió hasta perderse por la estúpida ciudad de Madrid. Calló rendida, todavía llorando, encogiendo se en sí misma y abrazando sus piernas. Lo que había visto no era verdad, ella estaba sola y nadie, nadie, la había acompañado jamás. Ni su padre, ni su madre, ni su hermana existían. No eran ellos. Estaba sola. Sola. Y sola. 

  Un golpe fuerte en la música advierte la llegada del final de la canción. Abre los ojos, a su manera, cristalinos todavía, mientras la música se desvanece y ella cesa el movimiento hasta acabar su coreografía.
 Con la respiración acelerada levanta la cabeza y descubre a todo un público en pie, aplaudiendo, algunos con lágrimas en los ojos, reconociendo su trabajo, transmitiendo a la bailarina de 19 años una sincera gratitud que ella, en silencio, transmite a su madre.

Reventando en mis entrañas tu miseria.

15 noviembre 2013 


 Golpe. Golpe. Patada. Golpe... Parece que para. No, otro golpe más... Ahora sí. Se aleja sin decir nada, ni siquiera el insulto que grita siempre al concluir el 'trabajo'. Parece incluso cansado de repetir lo mismo todas las semanas. Ya es rutinario. Pero no lo está, porque él va a seguir haciéndolo, no puede evitarlo. 
  Ella, sin embargo, sí lo está. Está cansada de arrastrar los pies por el suelo de su casa. Cansada por encogerse de hombros, asustada, tras cada portazo. Cansada de llorar sin lágrimas, porque hace tiempo que se secó por dentro. También está harta, nunca pensó que fuera a durar tanto, a formar parte de su rutina. Harta y cansada de seguir levantándose después de que su marido la pegue una y otra vez. Porque aunque duela, aunque parezca que no le queden fuerzas, siempre se levanta. Se levanta y tapa las pruebas que confirman lo recientemente sucedido, las pruebas grabadas en su cuerpo. Por dentro y por fuera. Orgullosa por no haberle dado el gusto de oír sus gritos de dolor, aún aullando por dentro. Y es que si algún día grita, será por rabia y no otra cosa. Orgullosa por no haber apartado la mirada de sus ojos. Una mirada llena de desprecio. Porque nunca nadie la verá con mirada cargada de dolor o tristeza. Ni él, ni nadie. 
  La vida, su vida, le ha servido para escupir cada rasgo de inocencia que tenía en su interior. Para manchar su alma de odio. Un odio, que al fin y al cabo, hace de ella la mujer más fuerte del mundo. Porque su aparente frágil y delgado cuerpo en comparación con el de su marido, grande y musculoso, la hacen parecer más débil que una pluma. No lo es.
  Hoy no puede más. Hoy quiere gritar. Hoy quiere acabar con los portazos, con el olor a alcohol por toda la casa. Está sentada, apoyada en la pared con la mirada fija en la puerta que se acaba de cerrar causando un estruendoso ruido. Hoy tiene fuerza, más fuerza que nunca. Se levanta. Esta vez no tapa sus heridas. Quiere que él las vea. Abre la puerta con la misma facilidad con la que respira. Hoy no está perdida, tiene un rumbo fijo, y no precisamente para esconderse en algún rincón de la casa. Sus pasos suenan por toda la casa. No tiene miedo. Suenan por toda su ciudad, por todo el mundo. Retumban en las paredes. En cada cabeza de una persona como su marido. No tiene miedo. Coge el cuchillo que guardan siempre para cortar jamón. Hoy quiere usarlo para otra cosa. Camina, y llega a la habitación donde se encuentra su marido. Como siempre, la está exigiendo la cena. O que le quite los zapatos. Ella no lo sabe, no le escucha. Se sitúa frente a la silla donde está sentado su marido. Le mira a los ojos. Los suyos, con un color de superioridad. Los de su marido, cargados de confusión. Y miedo. Ella le mira, y por primera vez en mucho tiempo abre la boca para mostrar una de las más bonitas sonrisas que nadie puede llegar a ver. Enseña los dientes al hombre que tanto daño ha hecho, con una curvatura perfecta en los labios. Quiere que vea que ni siquiera él es capaz de robarle su sonrisa. Ya no. Le mira, y agarrando el cuchillo con fuerza se lo clava en el estomago. Una y otra vez. 'Nos veremos en el infierno, amigo, porque ninguno de los dos pisaremos el cielo' le susurra al oído. De sus ojos salen pequeñas lágrimas. Lágrimas de alegría. 
  A lo lejos, se puede oír el sonido de la sirena de un coche policía. Ella sigue sonriendo. Sabe que van a por ella, y no le importa. Sabe que la encerarán, y no le importa. No le importa, porque él ya no está.
  
"Y no me importa estar encerrada, 
si hubiera sido yo no valdría nada. 
Aún sigo viva, aguanté tus golpes 
reventando en mis entrañas tu miseria. "

Alza el puño arriba.

14 octubre 1013

  Madrid, fuerza tu garganta al viento y grita hasta echar toda la rabia, los lamentos ahogados de cada noche sin techo, el mal pulso al abrir las cartas del banco, el nudo en la garganta que guardas y tragas cada mañana al despertar, con miedo a lo que pueda pasar; Madrid, España, grita para que te oigan. Que esas lágrimas no sean de tristeza y sean de rabia. Rabia y alegría. Que el basta sea alto y claro. Sin temblor de voz alguno.
  No podemos permitir que se salgan con la suya. Que se sigan acostando cada noche calentitos con una sonrisa en la cara. BASTA! BASTA! BASTA!
  Se han metido con el pueblo equivocado. Que se note que no somos borregos. Que por mucho que nos quiten la educación, no somos tontos. Por mucho que nos quiten la sanidad, nos quedará fuerza hasta el final.

 
  Y cuando pienses que no puedes más, que está todo perdido, que no te queda aliento, mira a tu alrededor: no estás sola, Madrid. Que esta lucha ya tiene muchos años, y no va a acabar hasta que se gane. Hasta que los que lo merecen, salgan con lo merecido. Alza el puño arriba, y grita libertad.



  El miedo va a cambiar de bando. Ellos nos tienen miedo, y se va a notar. Mayoría aplastante gana a minoría absoluta. 

   Si los de abajo nos movemos, los de arriba se caen.

Llueve, y el tiempo pasa.

16 marzo 2013

  Llueve. La noche avanza. Un silencio, interrumpido por truenos que suenan de vez en cuando. Una oscuridad, alumbrada por rayos que aparecen, de la mano de los truenos. Llueve y todo parece seco. Y está mojado. Todo.
  En la esquina, sentada, está ella. Acurrucada, con las piernas dobladas arropadas por sus brazos. Y la cabeza hundida en el hueco que ha hecho entre su pecho y sus rodillas. Como un refugio.
   Ahí está ella, mojándose. Y secándose. 
  Llora, dejando que la lluvia se trague sus lágrimas. Quizá por eso ha escogido esa noche y no otra, para llorar. Quizá por eso no ha dormido, y ha esperado a que pasasen las doce de la noche para salir. Para que la lluvia borre sus lágrimas, y nadie sepa nunca que llora por ello. 
  Se araña, grita en silencio. Aprieta los puños y la mandíbula. Llora.
  Lágrima, gota.
  Coge la estrella roja de su bolsillo y se la lleva  a los labios. La besa. Saca la cabeza de su refugio, y muestra su rostro a la noche. Su rostro dolorido. Hinchado por un lamento silencioso. Mira la luna, con ojos brillantes. La culpa. 
  Tú viste todo y no lo impediste. Tú presenciaste su muerte, y no la detuviste. Tú viste la sentencia, y no me avisaste. Culpable. 
  Ya no mira con cara triste, tiene el ceño fruncido y no le quedan lágrimas. Mira a la luna. Con tan intensa mirada que parece que se da la vuelta, temerosa por sus ojos llenos de rabia. 
  Despega sus labios, y un hilillo de voz sale por su boca. No se oye, y sólo si te acercas a tres centímetros de su cara puedes averiguar lo que está diciendo. Lo que está cantando. No ha subido el tono de voz, pero retumba en todos los edificios de Madrid. De España. Y llega a todas las personas. Los truenos no la callan. No pueden. 
  Y sigue. Sigue cantando la canción, pensando en los ocho tiros que ha escuchado hoy, a las doce de la noche. Pensando en él, preso del pasado. Canta. Canta para él y para la luna. Para que se enteren. 
  Los nada de hoy todo han de ser.

  "Somos la joven guardia
que va forjando el porvenir.
Nos templó la miseria,
sabremos vencer o morir.
Noble es la causa de librar
al hombre de su esclavitud.
Quizá el camino hay que regar
con sangre de la juventud.

Que este en guardia,
que esté en guardia.
el burgués insaciable y cruel.
Joven guardia,
joven guardia,
no le des paz ni cuartel..."
 Canta, para que la oigan.

Razones sin razón.

31 de enero de 2013
   

   Cortado, por favor. Todo igual que siempre. Todo igual que cada día a esa misma hora. La una y media. A la derecha, en la mesa del fondo, una madre soltera con sus dos hijos pequeños. No paran de correr y gritar entre las mesas y sillas. Ella ya va por el quinto cigarrillo.  En la mesa de al lado, un anciano leyendo el periódico de hace dos días. Mañana leerá el de ayer. ¿Azúcar o sacarina? Como siempre, azúcar por favor. En la barra está él. Esperando su café diario. Siempre espera con la cabeza gacha y su sombrero de vaquero, que tanto le gustaba a ella. Hoy no. Hoy se ha quitado el sombrero y mira a la derecha. Luego a la izquierda. Hoy algo ha cambiado. La mesa de esa esquina está vacía, como esperando a ser ocupada, por alguien que nunca llegará. El cenicero, vacío. No está. Ella no está. Probablemente haya elegido otro bar, o haya conocido a otro. El joven de la barra se levanta, dejando su café cortado y con azúcar en la barra. Ella ya no está.

Diario de una indignada.

26 de noviembre de 2012
(Borrador)

Todavía no me he hecho a la idea. Ella ya no está. Se ha ido, sin dejar rastro. Se ha ido sin siquiera conocer a su futura nieta. Se ha ido. No está.

Ella es mi madre, y murió ayer por cáncer. Odio el cáncer. Lo odio con toda mi alma. Saber que tienes una enfermedad que es imposible de curar. Llegas al hospital un día, por alguna molestia que tengas en algún rincón de tu cuerpo, y tras un sinfín de pruebas, te dicen que tienes cáncer, que te vayas a casa y que te despidas de tus seres queridos. Vas a morir, sí o sí. Odio el cáncer. 

Ahora tengo que recoger todas sus cosas, y creo que esto es lo más difícil que he hecho en mucho tiempo. Tener que guardar su ropa en cajas. Sus pantalones negros, su camiseta roja. Esa era su camiseta favorita, porque le gustaba el rojo, decía. Nunca me dijo el por qué, pero creo que ella tampoco lo sabía, simplemente, le gustaba ese color. Toda esta ropa se quedará en estas cajas mucho tiempo, esperando a que alguien las vuelva a abrir, a que alguien se vuelva a poner esa camiseta roja. Desde luego, ese alguien no seré yo. No creo que tenga el suficiente valor como para volver a abrir estas cajas.

Todo su armario está vacío. Su armario, y su habitación. Es hora de decir adiós. Un adiós a todas sus cosas. Un adiós a mi madre. Adiós, mamá.

Yo era su única hija, y su única familia. Mi padre nunca apareció, y nunca le llegué a conocer. Mi madre siempre bromeaba con ello, porque decía que se fue para dejarle a ella sola con el marrón de tener que elegir un nombre, y es que le costó bastante. Pero al final me llamó Valeria. El motivo de mi nombre tampoco lo sé.

Esteban me está ayudando a recoger todo esto. Creo que sin él no podría. Es mi novio, y es lo único que me queda. Le estoy esperando abajo, en la entrada del edificio, a que baje la última caja. Ahí está, moreno, ojos marrones y sonrisa perfecta. Baja con una caja.

-Esto es lo último, y ¡mira lo que he encontrado!- me dice señalando lo que parece ser un libro encima de la caja.

-¿Qué es? Dámelo.

-Estaba en la habitación de tu madre, cógelo. Yo ya me voy con todas estas cajas, mañana nos vemos- se despide sonriendo, mientras que se aleja con la furgoneta y las cosas de mi madre.

No sabía que había libros en casa, qué raro. De todas formas, voy a leerlo, si esto es lo único que me queda de ella.

Página1:

10-Mayo-2011

Soy Olga Méndez, y si escribo un diario, es para nunca olvidarme de lo que soy y de lo que he sido. Y es que ahora, con 17 años, he considerado que ya es el momento de plasmar mi vida en un papel.

Para situarte, quiero aclara que los tiempos que corren ahora no son buenos. Hace ya 2 años que empezó la crisis en la que ahora estamos atrapados… solo espero que dure poco.

15-Mayo-2011

Estamos artos, esta crisis no es nuestra, es SU crisis. Por eso ha nacido el movimiento 15M, en el que todos los indignados, hoy,  nos hemos manifestado en Cibeles.

18-Mayo-2011

Ayer por la noche desalojaron sol. Tras la manifestación quedaron 40 personas en Sol, que decidieron acampar en la plaza para seguir la protesta. Los policías, violentamente, les echaron. Hoy hay concentración.

Dos horas después de empezar la concentración no dejaba de llegar gente a la puerta del Sol. Tras el desalojo de la Acampada Indefinida de Sol, las redes sociales no han dejado de hablar de esta convocatoria por la que ya han pasado durante estas casi tres horas unas 10.000 personas.

En una breve asamblea, los participantes hemos decidido quedarnos en Sol hasta el 22 de mayo, día de las elecciones. Hasta entonces, cada día a las 20h se convoca a una reunión para seguir organizando la protesta. Nuestro objetivo sigue siendo el mismo: permanecer en Sol hasta el 22M y denunciar las contradicciones del sistema capitalista y de la democracia bipartidista.

Queremos una democracia real.

Página2:

13-Junio-2011

No he podido escribir en los días anteriores, ya que estuvimos acampando en Sol hasta ayer mismo. En las elecciones, ganó el PP por mayoría absoluta en casi todos los lugares de España.

Este diario no es de mi madre. Es de su abuela, la “abuelita Olga”

No tenía ni idea. ¿Manifestaciones? ¿La policía no actuó de inmediato? No lo entiendo.  Aquí no hay manifestaciones.

En el año 2040, hace 32 años, el pueblo español intentó revelarse. Fueron pocos los que participaron. Perdieron. Con ellos, se fueron todas las esperanzas. Con ellos, toda la libertad del pueblo español desapareció. Con ellos, las mentes revolucionarias desvanecieron, dando lugar a mentes mansas, dejando que los gobernantes pensasen por ellos, manipulándoles.

Ese fue el último intento de rebelión por parte del pueblo.

Ahora me doy cuenta de ello. Nunca antes había pensado así. Bueno, nunca había pensado ni reflexionado sobre esto.

¿Democracia real? ¿Querían una democracia? En el colegio, habíamos dado la historia de España muy por encima. Sé que hace mucho tiempo hubo una dictadura, donde Francisco Franco, El Caudillo, era su gobernante. Según mis profesores, fue la época de máximo esplendor en España. Cuando murió, todo cambió y España fue una democracia, trayendo consigo en caos y desorden del país. Nos dijeron que hubo una crisis, sí, pero dijeron que fue por culpa de los ciudadanos, que vivieron por encima de sus posibilidades. Así lo puse en el examen y así me lo creí. Por lo visto, no fue así, pero… ¿Por qué? ¿Por qué no me lo contó mi madre? ¿Cómo puedo saber qué es cierto y qué no es cierto?

20-Noviembre-2011

Las elecciones las ha ganado Rajoy. Con mayoría absoluta, el PP gobierna en toda España. Ya nada puede ir peor, estamos perdidos.

Algunos dicen que Zapatero ha sido el peor presidente que ha tenido España, pero es que ahora vamos a tener al que perdió dos veces contra él. No sé qué estamos haciendo.

9-Abril-2012

Rajoy ha empezado bien. Aparte de la reforma laboral, y del aumento indudable de paro, ya quiere recortar 7.000 millones en educación y 3.000 millones en sanidad. Es un país de locos.

Todo el mundo tiene derecho a una buena educación y por supuesto, a una buena sanidad. No lo he contado, pero los inmigrantes que vengan a España sin papeles, no tienen derecho a una tarjeta sanitaria, y por lo tanto, no tienen derecho a la sanidad.

Página3:

Que paguen la crisis sus culpables, son los bancos, y no nosotros, los que han metido la pata. Y son los bancos, y no nosotros, los que tienen que pagar todo esto. Porque mientras que el pueblo español se empobrece, los banqueros y los más ricos se van beneficiando cada vez más. Las clases medias están bajando de categoría. El pueblo se empobrece.

¡¿Elecciones?! ¡¿Educación y sanidad pública?!

Hace solo 61 años España era otra España. Ahora, quién se plantee el poder de El Grande, está muerto. El Grande es el gobernante de España, y está siguiendo los pasos de Franco. Nunca me he planteado cómo ha llegado al poder. Cuando nací, él ya estaba ahí, y durante estos 29 años, ha seguido ahí.

Ahora, la educación es privada, y solo los privilegiados se han podido permitir entrar en un colegio. Yo pude ir, pero porque mi madre se ganó el dinero como pudo. La sanidad, al igual que la educación, es privada. Y las curas de enfermedades como el cáncer, no están a nuestro alcance. Por eso, odio el cáncer.

15-Noviembre-2012

Había perdido el diario, y por eso no he escrito hasta ahora. Ayer fui a la segunda huelga general en este año. La anterior fue el 29 de Marzo. Los antidisturbios cargan cada vez más rápido. España cada vez va peor.

Ya estamos peor que Portugal y Grecia. Nos van a rescatar. En Europa, no, en el mundo entero, nos ven como unos vagos. Esto no me gusta.

En el colegio nombraron esos países solo una vez. No sé siquiera si existen.

Los ciudadanos españoles vivimos en la ciudad de Madrid, limitada por una muralla. No se puede salir, ni entrar.

Ya es tarde, me voy a ir a la cama. Hoy ha sido un día largo y confuso. Al cerrar el libro, se cae un papel en el que hay una dirección y un nombre escrito.

Ha pasado un año desde que busqué la dirección que el papel me indicaba. Desde que encontré esa casa junto a Esteban. Hace un año que empecé a conocer la verdad de todo este engaño. Hace un año, pasé a formar parte de La Resistencia.

Y es que aquella dirección era la del cuartel general de La Resistencia. Mi madre formaba parte de ella. Ya sé por qué le gustaba el rojo. Era signo de revolución.

Vivimos en la ciudad de Madrid amurallada, aislándonos del mundo. Antes llegábamos a pensar que éramos los únicos en este mundo. Y eso es mentira. Tras esas murallas, hay un país abandonado. España abandonada. Más lejos, está Europa, recuperándose de la mayor crisis que ha tenido en la historia. Tras esas murallas, hay civilización, muy distinta a la que vivimos aquí, al otro lado de la muralla.

Los ricos que tanto se aprovecharon de los españoles, ahora viven todos en las Islas Baleares, con su mundo ideal, con su yate y su apartamento a pie de playa. Mientras que nosotros nos pudrimos aquí dentro. Efectivamente, El Grande es un dictador. Nuestro dictador, que a lo largo de los años, ha ido manipulando al pueblo español, privándoles de tener siquiera ideales. Prohibió todos los libros que daban a qué pensar. Prohibió todo el cine que le contradecía. Prohibió nuestros derechos.

Y el pueblo, como tonto, dejó que esto ocurriese. ¿Dónde está ese espíritu revolucionario? Está, escondido, pero está. Somos pocos, pero La Resistencia, resiste.

Lágrimas.

24 de noviembre de 2012.

 Quiero gritar. Gritar. Gritar. Aprieto la mandíbula. No soy como ellos. Respiro hondo. No soy como ellos. Gritar. Ahora aprieto los puños. No soy como ellos. Inspira. Espira. Ya está.
Llevo bastante tiempo sintiendo estos arrebatos de furia. A veces quiero dejarlo. Dejarlo todo y gritar. Gritar y pegarle. Sentir mi puño en su boca. Oh sí, eso sí que me gustaría. Pero entonces sería como ellos. Y eso no tiene sentido. Enfurecerse con alguien y hacer las mismas cosas que tanto aborreces. Eso es de tontos, digo yo.
Al final me calmo. Pero eso ya no me basta. Ya no me conformo pensando que al día siguiente encontraré a alguien que me entienda, porque sé que eso es mentira. Mentira y solo mentira. Una pequeña mentira que se hace uno mismo para sentirse mejor, pero al final acaba doliendo. Y duele mucho. Ya no me conformo con callar, sonreír, asentir y dar las gracias. Eso ya se ha acabado.
Estoy sentado en la acera. Reflexionando, como todos los días después de ser denegado para un puesto de trabajo. En breve veré a la persona que ocupará el lugar que me habría encantado ocupar: camarero. Esta persona normalmente tiene menos experiencia que yo, ya que he servido muchos platos y copas a lo largo de mi vida. Probablemente no ejercerá el cargo con el mismo entusiasmo que yo, ni atenderá a los clientes con la misma amabilidad. Pero, como no, siempre es diferente a mí: piel clara.
Siempre acierto, ahí está. Mi contrincante, por así decirlo, es rubio, ojos verdes y piel clara. A este sí que le vendría bien un poco de sol.
Sí. Por lo único que no me aceptan en un restaurante es por mi piel. Negra. Negra es mi piel y negro es mi pelo. Como negro es el carbón y negro es el cielo estrellado.
He tenido que soportar muchas burlas, gritos, dedos apuntándome y algún que otro puñetazo. Y sigo sin entender, que porque haya nacido así, tenga que pasarme esto a mí.
A veces deseo no haber nacido así, no haber salido de aquella mujer tan humilde y cariñosa, rodeada de otras tres, en aquella casita tan frágil. En ese instante me odio mucho. Me odio y me doy asco por querer no haber nacido. Y todo por culpa de los demás. De su forma de tratarme. De su forma de olvidarme. En ese momento dejo de pensar. En ese momento empiezo a llorar. Porque aparte de arrebatos de furia, también los tengo de pena y tristeza. Pena por todas esas personas a las que tanto asco doy. Tristeza por no poder cumplir mi sueño. Mi sueño y el de mi madre, aquella mujer que tan solo conocí los primeros años de mi vida.
Ayudar. Ayudar y salvar vidas. Si, médico. Poder salvar la vida de personas. Negras, blancas y azules si hace falta. Siempre pensábamos en ello como un sueño inalcanzable, porque para ello sabíamos que teníamos que viajar a otro país. Pero en el momento en el que murió mi madre, por dengue, creo, un virus, en aquel momento, sin dudas, sin peros, decidí que cumpliría ese sueño. Recorrería el mundo entero si hacía falta. Estudiar, aprender, curar y volver. Volver a mi hogar. Volver a ese lugar tan extraordinario, lleno de sorpresas y de gente amable. Volver a oler esos aromas a tierra mojada en la orilla del río y a burro en las casas. Volver para ayudar y curar. Curar a todas esas personas que como mi madre, maldecidas por la injusticia, acarrean con un bichito en su interior que mata. Curar a todos esos niños que al jugar, correr y soñar se raspan sus pieles negras.
Yo tenía catorce años cuando convertí mi sueño en una misión. Tenía catorce años cuando deje ese ambiente tan caluroso para viajar a otro país: España. Aquel día dejé atrás a mi familia, a mis amigos y conocidos. Aquel día dejé atrás la infancia. Aquel día empecé a convertirme en el hombre que soy.
El primer paso sería viajar a España. España. A tan solo unas horas para un turista.
Pasaron años para poder llegar, y otros tantos para ser legal. Pero lo conseguí. Suerte que salí a mi madre, testadura a no poder más.
Llegué a España todavía con la idea metida en la cabeza. Parecía tan fácil. Llegar, estudiar, aprobar, volver. No fue así. Ni lo fue ni lo es.
Por que como ya he dicho antes, estoy luchando por un simple trabajo de camarero y estoy perdiendo.
Y ser camarero no es lo mismo que ser médico.
A veces me quedo sumido en mis pensamientos. En mis sueños. Me dejo llevar, como un niño pequeño tras una piruleta de colores. Me dejo llevar. Me dejo engañar, y por un momento creo que es verdad, que mis sueños son reales. Que mis sueños se han cumplido. Me dejo llevar y cierro los ojos, saboreando ese exquisito sabor a victoria. Victoria inventada. Victoria por ser un medico de verdad. Una persona que puede salvar vidas.
Ya es hora de irse a casa.
Me acuesto en la cama tras un día agotador, un día igual al anterior. Otro día de fracaso, perdido, tirado a la basura.
Amanece. Un día nuevo. Un día más. Pero como tantos otros, pienso que hoy será el día. Tengo la sensación de que este día no va a ser como todos. La rutina va a cambiar, tengo ese presentimiento. Y en efecto, esta tarde, después de comer, recibo la llamada. El Hospital Clínico de Madrid necesita con urgencia cubrir un puesto de médico interino que ha quedado vacante.
No sé si gritar, llorar o saltar de felicidad. Por fin, mi sueño se va a cumplir. Por fin, el sueño de mi madre se va a cumplir. Por fin, nuestro sueño se va a cumplir.
Ya han pasado dos meses. Dos meses tras esa ansiada llamada. Dos meses compensando la larga espera. Dos meses llenos de trabajo, llenos de sueños cumplidos, llenos de medicina.
Ahora llevo bata blanca y un cartelito a mi izquierda en el que pone mi nombre. Ahora parezco verdaderamente un médico.
Todo ha estado tranquilo, ha marchado bien, ningún problema. Pero esas épocas de tranquilidad tienen que acabar en algún momento, y es que acaba de llegar una paciente nueva al hospital. Mi paciente. Su nombre es Susana.
La niña está enferma. Está enferma pero no se sabe de qué. Tiene fiebre, le duele el cuerpo... y yo voy a averiguar qué es lo que le pasa. Normalmente no es nada, tras unos análisis se puede comprobar que es por estrés, mala alimentación o cansancio.
En el caso de Susana, no es así.
Tras los análisis, he podido comprobar lo que le pasa: Susana tiene leucemia.
Esta es la parte más difícil, tener que comunicárselo a los pacientes. Tener que decir a una madre que su hija está enferma, que su hija tiene una enfermedad ya avanzada, difícil de curar. Que su hija, de 6 años, va a tener que luchar fuertemente por aferrarse a su joven vida.
Tiene leucemia mielógena crónica (LMC), un cáncer que comienza dentro de la médula ósea, el tejido blando en el interior de los huesos que ayuda a formar las células sanguíneas. Normalmente, si la enfermedad se coge a tiempo, se puede tratar. Pero Susana lleva ya tiempo con leucemia.
  Lágrimas. Ahora llega el turno de las lágrimas. Lágrimas de la madre, que acompasan con las de su hija. Yahí estoy yo, de pie frente a dos personas que no paran de llorar. Observo la cara de la madre, con el rímel de los ojos corrido, mirando a su hija con tristeza, sin ganas de nada. La niña llora de ver a su madre llorar. No sabe lo que está pasando, en sus ojos se puede apreciar un gran mar de dudas. No sabe por lo que va a tener que pasar, y tampoco sabe que en su frágil cuerpo, una enfermedad arrasa sin parar, como unos guerreros corriendo en el campo de batalla en pos de sus contrincantes. Tengo que parar todo esto. Me siento al lado de la niña, y ella me mira con cara interrogativa mientras se seca las lágrimas. Miro sus inocentes ojos, inspirándola tranquilidad. La cojo de la mano y le explico el por qué de la tristeza de su madre. Le digo que no se preocupe, que yo no me hice médico para intentar salvar la vida de mis pacientes. Me hice médico para salvarles la vida, tenga lo que tenga que hacer. Pase lo que tenga que pasar.
Susana ahora está más tranquila, y su madre también. Ahora soy yo el que tiene un nudo en la garganta. Salgo de la habitación con una sonrisa tranquilizadora, pero forzada. No puedo hablar, necesito sentarme. Pienso en ambas, madre e hija. Viuda y huérfana. Tengo que ayudarlas, hacer todo lo que tenga en mis manos, mi vida si hace falta. Porque elegir ser medico conlleva una gran responsabilidad, y es que ahora, en este preciso instante, la vida de una niña de 6 años está en mis manos. Me propongo ayudar a Susana y a su madre hasta que todo acabe, y que la niña salga del hospital sana y salva. Porque la pequeña va a salir andando de este hospital. Sí o sí.
Dos años. Dos años han tenido que pasar para poder ver cómo Susana sale de este hospital por sus medios. Sin ayudas. Sin esfuerzo alguno. Y dos besos son los que me ha dado la pequeña al despedirse, son los que han marcado nuestra despedida, han trazado una línea. La línea del antes y del después. Una línea, que probablemente yo no haya podido cruzar. Yo estoy en ‘el antes’ y no en ‘el después’. Veo cómo se alejan, madre e hija, cogidas de la mano. Probablemente ya no las vuelva a ver, y por eso una lágrima se asoma por mi ojo derecho. Una lágrima de felicidad. Felicidad por saber que se alejan del hospital, al cual espero que no regresen en mucho tiempo.
Susana no es negra, ni blanca, ni azul. Tan solo es una niña.
La ciencia no entiende de colores de piel, de injusticias, de penas, de lágrimas. La ciencia solo entiende de esperanza para un futuro mejor.
Abro los ojos. Me encuentro en la acera, en frente del restaurante que hace unas horas me ha denegado el puesto vacante de camarero. Me he quedado dormido, todo ha sido un sueño. Era demasiado perfecto para ser real.
 A mi alrededor Madrid despierta, ya es un nuevo día. Un día lleno de esperanza y posibilidades. Un día brillante.

Ojos oscuros

Mayo 2012

Este niño era menudito, bajito y con la cabeza brillante como una bola de billar. Este niño ya no era como los demás. Antes gritaba, ahora callaba. Antes corría, ahora caminaba. Antes soñaba, ahora reflexionaba.
  Fue al poco tiempo de entrar en su colegio cuando el niño travieso y juguetón dejó de hacer cosas de niños. Ni travieso. Ni juguetón. Fue al poco tiempo de llegar a ese edificio, lugar para aprender y dormir, morada de hijos de la iglesia.
  Ojos oscuros miraban a este niño, cuando gritaba y corría. Ojos oscuros atraparon a este niño, cuando gritaba y corría. “¿Qué sucede Padre?” fue lo que dijo el niño. El cura le llevó a una habitación oscura como sus ojos, donde solo él podía ver lo que sucedía. A la mañana siguiente, este niño dejó de gritar para callar. Dejó de correr para caminar. Dejó de soñar para reflexionar. Dejó de ser un niño de verdad.

Cielo estrellado

Diciembre 2011

Quiero gritar.  Gritar. Gritar. Gritar. Aprieto la mandíbula. No soy como ellos. Respiro hondo. No soy como ellos. Gritar. Ahora aprieto los puños. No soy como ellos. Inspira. Expira. Ya está.

Llevo bastante tiempo sintiendo estos arrebatos de furia. A veces quiero dejarlo. Dejarlo todo y gritar. Gritar y pegarle. Sentir mi puño en su boca. Oh sí, eso sí que me gustaría.  Pero entonces sería como ellos. Y eso no tiene sentido. Enfurecerse con alguien y hacer las mismas cosas que tanto aborreces. Eso es de tontos, digo yo.

Al final me calmo. Pero eso ya no me basta. Ya no me conformo pensando que al día siguiente encontraré a alguien que me entienda, porque sé que eso es mentira. Mentira y solo mentira. Una pequeña mentira que se hace uno mismo para sentirse mejor, pero que al final acaba doliendo. Y duele mucho. Ya no me conformo con callar, sonreír, asentir y dar las gracias. Eso ya ha acabado.

Estoy sentado en la acera. Reflexionando, como todos los días después de ser denegado para un puesto de trabajo. En breves veré a la persona que ocupará el lugar que me habría encantado ocupar: camarero. Esta persona normalmente tiene menos experiencia que yo, ya que he servido muchos platos y copas a lo largo de mi vida. Probablemente no ejercerá el cargo con el mismo entusiasmo que yo ni atenderá a los clientes con la misma amabilidad. Pero, como no, siempre es diferente a mí: piel clara.

Siempre acierto, ahí está. Mi contrincante, por así decirlo, es rubio, ojos verdes y piel clara. A este sí que le vendría bien un poco de sol.

Sí. Por lo único que no me aceptan en un restaurante es por mi piel. Negra. Negra es mi piel y negro es mi pelo. Como negro es el carbón y negro es el cielo estrellado.

He tenido que soportar muchas burlas, gritos, dedos apuntándome y algún que otro puñetazo. Y sigo sin entender, que por que haya nacido así, tenga que pasarme esto a mí.

A veces deseo no haber nacido, no haber salido de aquella mujer tan humilde y cariñosa, rodeada de otras tres, en aquella casita tan frágil. Porque esa casa la habría destrozado el lobo feroz al soplar sin ningún problema. Es entonces cuando me odio. Mucho. Me odio y me doy asco por querer no haber nacido. Y todo por culpa de los demás. De su forma de tratarme. De su forma de olvidarme. En ese momento dejo de pensar. En ese momento empiezo a llorar. Porque aparte de arrebatos de furia, también tengo de pena y tristeza. Pena por todas esas personas a las que tanto asco doy. Tristeza por no poder cumplir mi sueño. Mi sueño y el de mi madre, aquella mujer que tan solo conocí los primeros años de mi vida.

Ayudar. Ayudar y salvar vidas. Si, medico. Poder salvar la vida de personas. Negras, blancas y azules si hace falta. Siempre pensábamos en ello como un sueño inalcanzable, porque para ello sabíamos que teníamos que viajar a otro país. Pero en el momento en el que murió mi madre, por un cáncer, creo, decidí cumplir ese sueño. Recorrer el mundo entero si hacía falta. Estudiar, saber, curar y volver. Volver a mi hogar. Volver a ese lugar tan extraordinario, lleno de sorpresas y gente amable. Volver a oler esos aromas a tierra mojada en la orilla del rio y a burro en las casas. Volver para ayudar y curar. Curar a todas esas personas que como mi madre, maldecidas por la injusticia, acarrean con un bichito en su interior que mata. Curar a todos esos niños que al jugar, correr y soñar se raspan sus pieles negras.

Yo tenía catorce años cuando convertí mi sueño en una misión. Tenía catorce años cuando deje ese ambiente tan caluroso para viajar a otro país: España. Pasaron años para poder llegar, y otros tantos para ser legal. Pero lo conseguí. Suerte que Salí a mi madre, testadura a no poder más.

Llegué a España todavía con la idea metida en la cabeza. Parecía tan fácil. Llegar, estudiar, aprobar, volver. No fue así. Ni lo fue ni lo es.

Porque como ya he dicho, acabo de dejarme la piel por un mísero trabajo de camarero. Eso no es lo mismo.

Ser tratado con justicia, respeto y dignidad. Unos de los muchos derechos que tenemos en la Ley de Extranjería es ese. Sin embargo, eso mismo es lo que me impide cumplir mi sueño. Ni la justicia, ni el respeto, ni la dignidad han tenido el valor de presentarse. Las he buscado, sí, pero no las encuentro. Llego a pensar que es solo una leyenda.

Bueno, hay gente que nos apoya. Pero esa gente, lo que no sabe es que sus pensamientos e ideales están manchados por esa capa espesa y racista. No se nota, pero ahí está. Una pizca. Solo una. Pensarán en lo injusto que es nuestra vida, sí. Pero nunca moverán un dedo por nosotros. Ellos son blancos. Nosotros negros. Pensarán en lo mal que nos tratan, sí. Pero ellos seguirán evitándonos la mirada al salir del supermercado. Ellos son blancos. Nosotros negros. Pensarán en lo mal que lo pasan nuestros niños sin comer, sí. Pero lo harán con un gran plato de macarrones con queso, del que tirarán la mitad. Ellos son blancos. Nosotros negros. Esto es así. Podría seguir, pero no quiero.

A pesar de todo, voy a seguir luchando. Luchando por ese sueño tan ansiado y deseado. Luchando por un mundo en el que negros y blancos vivan sin temor alguno.

Cual pez naranja junto a uno azul. Cual labrador negro junto a uno blanco. Estos ejemplos son de la naturaleza, porque no se pueden sacar buenos ejemplos del mundo humano. Hay que sacarlos de la naturaleza. Seguir su ejemplo. Por algo se llama madre naturaleza: ella es quien nos enseña, el ejemplo a seguir, la más savia. Por eso vacas, negras, blancas y marrones, viven juntas, sin importarle el color. Sin importarle el olor. Cuesta creer que ese animal tan gordo y rechoncho sea más listo que nosotros. Y no me refiero a la cantidad de electrónica e inventos creados, en eso las superamos. Me refiero a sus pensamientos e ideales, sin importarles lo más mínimo lo alta o gorda que sea su compañera.

Cual cielo estrellado. Una fusión de clores blancos y negros. Porque si no hubiera estrellas, no sería hermoso. Porque si no hubiera fondo negro, no existiría la noche.

Y ahora estoy con el puño izquierdo levantado. Lado izquierdo. Lado fuerte. Pidiendo al mundo que cambie, pidiendo a la gente que reflexione. Pidiendo una oportunidad.

sábado, 28 de febrero de 2015

Bésame

Noviembre de 2011



 1942. 20 de septiembre. Un joven de 20 años camina cansado por un sendero. Parece perdido, cojea, camina sin rumbo. Prefiere no mirar atrás. Se esfuerza por no hacerlo. Si gira la cabeza, sus ojos verán lo que más teme, una joven con ojos cálidos y entonces, no podrá seguir. Mejor caminar hacia delante, sin mirar atrás.

   Una gota resbala por su mejilla y se cuela por la comisura de sus labios. Alberto no se había dado cuenta de que lloraba. Ha intentado no pensar en nada, mantener sus pensamientos alejados de todo aquello, dejar la mente en blanco, y no recordar el motivo de sus lágrimas. Pero en el momento en que una lágrima ha tocado sus labios, ha podido saborear el dolor que siente. En el momento en que su saliva ha comenzado a salarse, se ha empezado a acordar de todo. Todo el esfuerzo que tenía concentrado en envolver, con una capa negra sus recuerdos, ha sido en vano.

  Ya no puede pensar en otra cosa que no sea la razón de su dolor. No puede más. Sus rodillas tiemblan, se cae. Una vez en el suelo, se acurruca y encoge todo lo que puede, como si quisiese ocupar el mínimo espacio. Para no molestar. Y abrazándose con la poca fuerza que le queda, deja que sea la tupida capa del recuerdo la que le envuelva. Recuerda y llora.

   Se acuerda del instante en que la miró a los ojos, fueron dos segundos, dos intensos segundos. Fue en ese mismo instante, cuando estalló algo inexplicable en su interior, algo que no cambiaría por nada en el mundo. Algo en lo que ahora piensa. Alberto sonríe, sonríe al pensar en ello, sonríe al pensar en su historia, la historia de ambos. La historia de Mercedes y Alberto.

   1940. Alberto era un joven de 18 años, cuando decidió formar parte de la guerrilla, ser un guerrillero. Hace dos años, Alberto pasó a ser un camarada de la república.

   Cuando era más joven, su tío vivía en casa junto a su familia. Había días que llegaba corriendo y se escondía en su habitación. Otros días, ni siquiera llegaba. En aquella época, por la calle solo se oían gritos y sollozos, si no, silencio. Cada vez que daban la alarma, bajaban corriendo a esconderse al sótano del edificio. Armando, el tío de Alberto, pocas veces bajaba. Estaba harto de tener que subir y bajar todo el rato. Harto.

   En el sótano se reunían las tres ancianitas del segundo B que, durante las primeras visitas, llevaban comida de sobra, por si acaso entraba el apetito. Cocinaban ellas. Cuando empezó la guerra bajaban un plato en cada mano, seis en total. A medida que el tiempo transcurría, la comida disminuía mientras que el hambre aumentaba. Raro era el día que bajaban algo. También se unían los Fernández, una familia que vivía en el tercer piso. Felipe, el padre, era comunista, se llevaba muy bien con Armando. Él tampoco bajaba al sótano. Un día, ya casi acabada la guerra, la policía irrumpió en su casa y le arrestaron. Suerte que su esposa y sus tres hijos no estaban en casa. Cuando volvieron, Armando se quedó al cargo de ellos. Felipe lo habría querido, dijo. En el cuarto piso vivía la familia de Alberto.

     Durante los días de guerra, poco podía hacer Alberto. Ayudaba en la tienda de pasteles de su madre, Jacinta, pero al poco tiempo se la cerraron, así que se pasaba el día en casa. Se conocía todos los escondites de aquel viejo piso. Un día, encontró unos papeles tricolores bajo la madera del suelo de su tío. Armando se enfadó. Se enfadó muchísimo. Al mes, le explicó a su sobrino qué era y por qué lo tenía. Desde entonces Alberto se interesó por el tema y siempre quiso ayudar. Pero era tan joven que no se metió en la guerrilla. Fue el 1 de abril de 1939 cuando se anunció el fin de la guerra y Franco, el caudillo, salió victorioso. Fue el 1 de abril de 1939 cuando Armando hizo las maletas y se fue. Alberto supo que no podía seguirle.

   Su padre había muerto antes de empezar la guerra. Murió contento.  Él era republicano, al igual que su hermano. Murió en 1933, en plena república. Murió contento pensando que su familia quedaba a salvo en la ciudad de Madrid. Fue entonces cuando Armando se mudó con la familia de su hermano. 
  Los vecinos estaban al tanto de los ideales de la familia y aunque eran gente de fiar, Alberto era incapaz de dejar a su hermana Violeta, de 6 años, junto a su madre sabiendo que en cualquier momento la policía podía irrumpir en casa.

   1940. Armando volvió a su antigua casa, más vieja aún. Me quedaré solo tres días, dijo. Se quedó dos. Pero durante su estancia alguien fue a visitarle, una amiga, una camarada.

   - ¿Qué haces aquí?, es peligroso.- eso fue lo que dijo Armando al verla.

   - No vendría si no fuese importante. Necesitamos ayuda, Armando. Alguien de confianza. Sé que conoces a más gente. Lo necesitamos.

   - Mercedes, ahora tienes que marcharte. Hablamos mañana.

   Alberto lo escuchó todo, palabra por palabra. Ellos estaban en el recibidor, y al salir, Mercedes abrió la puerta para irse, no sin antes girar la cabeza.

   Fue entonces cuando sus miradas se cruzaron. 

   Momento justo en el que Alberto supo que la iba a querer para siempre. 

   Momento justo en el Alberto decidió que él era el camarada que buscaban.

  Cuando Mercedes cerró la puerta tras de sí cuando Alberto volvió a la realidad, pero decidido a alistarse en la guerrilla. Dejó a su madre y a su hermana, consciente del riesgo que corrían, pero esta vez influía en él una nueva fuerza, más intensa, que le empujaba a irse con su tío. Buscando volver a ver esa mirada cálida e intensa. Ojos marrón oscuro, profundos como la luna llena y hermosos como un atardecer en Cádiz.

  Le habría gustado decir que la primera y única razón para alistarse al Partido fue la búsqueda de un mundo justo y sus ansias por volver a alzar una bandera tricolor con el puño en alto y firme. Claro que era eso lo que buscaba, pero no fue otra cosa si no una muchacha la que lo impulsó de lleno al frente. 

  Un día después de la visita de Mercedes, Armando y Alberto caminaban hacia la estación de Callao a coger un metro a Príncipe-Pio, luego cogerían un tren a la sierra.

   Ya en las montañas, escondidos junto a más camaradas, se encontraron con ella.

  Mercedes era una joven de 19 años. Llevaba en la guerrilla desde el alzamiento del 'ejército rebelde'. Era una chica delgada, a simple vista frágil como el cristal, con unos cabellos brillantes como el sol, recogidos en una coleta alta. Caminaba recta y con paso firme, y movimientos decididos. Era una chica fuerte. Una buena camarada.

   Armando se debió percatar de lo mucho que la miraba, porque enseguida les presento. Dos besos. Dos besos fueron suficiente para que Mercedes sintiera lo mismo. Se ruborizó y sonrió. La piel de la muchacha era suave, tan suave que a Alberto le dio miedo lastimarla con su barba de tres días.

   El ‘’chaqueta negra’’ estaba allí. No le habían arrestado. Por eso la gente estaba contenta. Alberto tenía entendido que era un buen camarada, uno de los mejores. No tuvo la ocasión de hablar con él, pero le habría encantado. Esa noche, por algún motivo, posiblemente por la llegada del ‘’chaqueta negra’’, cenaron todos juntos para celebrarlo. Al acabar la cena algunos se quedaron hablando, otros, como Mercedes, fueron hacia sus tiendas. Alberto no paró de mirarla en toda la noche, y en cuanto ella se levantó, noto un vacío en su interior. Quería calmarlo a toda costa, así que, impulsado por su ansia de estar con ella, también se levantó.

  Mercedes había estado ausente mentalmente en toda la cena, pensaba en Alberto. En la extraña sensación que sentía al mirarle. En lo nerviosa que se ponía.

   En el momento en que se levantó, deseo regresar y sentarse junto al joven, pero no lo hizo. Entonces vió cómo él  iba hacia ella.

 - Perdona, te has dejado esto en el banco.- dijo Alberto con una chaqueta en la mano.

 - Si, gracias.

 - No hay de qué.- sonrió. Ella le devolvió la sonrisa.

   Desde entonces no pararon de hablar. Las palabras nunca se les acababan, tenían tanto que contarse... Incluso en los momentos de cansancio, o simplemente cuando caminaban por el monte en busca de comida y sin poder hablar por si alguien les veía, se sentían a gusto. La guerra parecía estar casi en segundo plano. Sin embargo una mañana un campesino les encintró, y aunque prometió no decir nada a nadie, ya no estaban seguros. Y Mercedes era una guerrillera importante, sería mejor trasladarla a Francia. Partiría al día siguiente.

   Esa noche ninguno durmió. Alberto no podía aguantar más. Se levantó y fue hacia la cabaña de mercedes. No estaba. No puede ser, pensó. Se había ido sin despedirse. Su desconcierto cesó al verla en el rio cogiendo agua.

  - Mercedes, ¿qué haces despierta?

  - No puedo dormir. No quiero irme.

  - Prométeme que lo harás. Prométeme que llegarás a Francia y estarás a salvo.

  - Sabes que en Francia no hago nada. Dicen que puedo ayudar al Partido desde ahí, pero a mi no me engañan. A la república se le ayuda desde aquí y además con las armas, que ya estoy harta de esconderme en el monte. Además...-se calló, dejando en el aire las mimas palabras que estaba pensando Alberto: 'además, ya no estaremos juntos'. 

  -Yo puedo empuñar un rifle por los dos, si total, para los que hay..-bromeó Alberto, haciendo alusión al poco material del que disponían. Cambió la sonrisa por una mueca de preocupación, para decir sin bromear: Quiero que estés a salvo. 

   Silencio. Se quedaron mirandose a los ojos, y fue una simple palabra lo que cambió todo. Fue una simple palabra lo que les unió aún más. Y esa palabra la pronunció Mercedes. Bésame, fue lo que dijo. Alberto la obedeció sin dudarlo. Se acercó despacio a su cuerpo, sin despegar la mirada de sus ojos. Se acercó despacio mientras le apartaba el cabello de su rostro. Se acercó despacio, poco a poco, hasta que sus labios se rozaron. No pensaban en otra cosa más que en sus labios, en aquel momento, en aquel beso. Todo su cuerpo, todos sus pensamientos, toda esa tensión y euforia de los últimos meses, se estaba fundiendo en ese beso. Fue cálido. Cálido como los ojos de Mercedes. Cálido como el pecho de Alberto.

  Se rodeaban con los brazos. No pensaron en la guerra, no pensaron en las muertes, no pensaron en Francia. No pensaron en nada.

   Mercedes se fue esa misma mañana. Mientras que ella, acompañada por dos camaradas, caminaba por los senderos de Galapagar, pensaba en el beso.

   Alberto, a treinta kilómetros de distancia, pensaba en el mismo beso. Se tocaba los labios con la yema de los dedos y todavía podía sentir a Mercedes en ellos, las lágrimas de la joven en sus mejillas. La palabra que tanto tiempo esperó. Bésame. Y la besó.

  Esa tarde ya no aguantaba más. Armando le calmaba, diciéndole que todo iría bien, que Mercedes llegaría a Francia sana y salvo. Pero la angustia no cesaba.

  Aguantó tres meses así. Necesitaba saber algo de Mercedes. Descubrió que había podido cruzar la frontera de Francia andando por los pirineos. Se  enteró de la dirección del piso en el que vivía, y acto seguido se puso a escribir una carta para su amada.

   Mercedes había tenido alguna complicación el llegar a Francia, pero llegó. Se instaló en un pueblo al sur de Francia llamado Toulouse, en una pequeña casita. Para pasar la frontera, tuvo que cambiar de papeles y nombre. Ahora se llamaba Silvia. Los dos compañeros que le acompañaban por Galapagar, seguían con ella.

   A los tres meses y medio de aquel beso tan recordado y ansiado, Silvia recibió una carta. Una carta de Alberto. En ella, Alberto le llamaba Silvia. Ella no sabía cómo, pero Alberto averiguó su nombre y su dirección. En el papel, el joven contaba que las cosas iban mejor, que estaba deseando verla. Decía que no había ni una noche en que no pensase en ella. Decía que la vería pronto, que la vería cuando llegase la tercera república. Decía que cada noche miraba a la estrella más brillante del cielo, y esperaba que ella estuviese haciendo lo mismo, porque en aquel momento, el cielo, esa estrella, era lo único que compartían. Todo estaba escrito de una manera extraña, cifrada, pero Silvia lo entendió perfectamente. Estaba llorando. Lloraba de felicidad, por saber que Alberto estaba vivo. Lloraba por saber que aun la quería, que habían pasado tres meses y medio y aun así pensaba en ella cada día. Cada noche. Ella también le quería.

   A los pocos días de enviar la carta, Alberto y los demás guerrilleros de su nuevo escondite, fueron encontrados por otro campesino, el cual esta vez sí se lo comunicó a la guardia civil.

   A los pocos días de enviar la carta, Alberto fue arrestado.

   Ahora era él el que lloraba. Armando estaba con él, pero ya no podía comunicarse más con Silvia. La había dejado sola. Sabía que ella le respondería con otra carta cifrada. Lloraba porque sabía que nunca recibiría esa carta. Lloraba porque esa carta se perdería. Daría tumbos por Madrid, sin llegar a su destino. Lloraba porque Silvia pensaría que él ya estaba muerto. Lloraba.

   Los días en la cárcel eran muy duros. Trabajaban todo el día y comían una birria. Armando y Alberto se pasaban el día juntos, hasta que un día llamaron a Armando a juicio y le sentenciaron a muerte. Ya no había esperanzas. Siete disparos. La noche en que murió Armando se oyeron siete disparos.

   Alberto ya no podía más. Quería morir. Quería morir en esa pequeña cárcel de Segovia. Lo único que le mantuvo vivo fue Silvia, fue su beso, su piel, su estrella.

   Silvia respondió con una carta. No recibió otra a cambio. Se pasó un mes sin habla. Preocupada. La alegría llegó cuando le comunicaron que tenía que regresar a España. Ella seguía mirando la estrella más brillante del cielo cada noche, pero ya no la veía tan brillante. Faltaba algo.

  Cuando Silvia llegó a Madrid, buscó por toda la sierra. No encontró nada. Alberto no estaba.

   Ella también fue arrestada. La enviaron a la cárcel de Ventas, en Madrid.

  Allí hizo buenas amigas. Conoció a las que más tarde serían conocidas como ‘las 13 rosas’. Escuchó su canción. Una canción que la animaba a seguir en pie, por que esperaba poder cantarla para Alberto. Esa canción hablaba de la cárcel de Ventas, y algún día se la cantaría. Estaba segura.

    Silvia pensaba en Alberto. Alberto pensaba en Silvia.

  Su sorpresa llegó el 8 de septiembre de 1942, cuando les mandaron a juicio. A los dos. Era el mismo juicio.

   El 8 de septiembre de 1942 sus ojos se volvieron a encontrar. Como el primer día. Sus ojos se volvieron a encontrar como aquel día que Mercedes fue a hablar con Armando. La misma sensación. El mismo revoloteo en su interior. Lloraban. No escucharon el juicio. Solo lloraban. Lloraban y se miraban. Se fundieron en esa cálida mirada. Cálida como los ojos de Silvia. Cálida como el pecho de Alberto. Al salir del juicio pudieron tocarse. Un simple roce. Rozaron sus manos. Alberto volvió a sentir la delicada y suave piel de Silvia. Se llevó la mano a los labios y la beso. Ese beso era para Silvia. Al ver cómo Alberto besaba su mano, ella también besó la suya.

   Más tarde se enteraron de la sentencia. Les fusilarían el 20 de septiembre de 1942. A los dos la misma noche. A los dos en el mismo lugar. A las mujeres antes, a los hombres después.

   El 20 de septiembre Alberto escuchó los disparos destinados a Mercedes. Todavía brillaba una estrella. La estrella más brillante del cielo. Alberto la miró. Pensó en el primer y único beso que tuvieron. Pensó en la lagrima de Silvia. Pensó en la calidez de sus ojos. Pensó en sus labios. En su palabra. Bésame. Y la besó. Pensó en su pelo. En su cuerpo y en la manera de hablar. Pensó en Mercedes.

   Las mujeres estaban colocadas en una línea, mirando a unos hombres con fusiles en la mano. Unas lloraban, otras gritaban. Silvia contemplaba la estrella en el cielo. Sabía que Alberto la miraba. Ella también pensó en el beso. Pensó en la sonrisa del joven. Pensó en la carta que recibió en Francia. Pensó en lo mucho que le quería. Pensó en la intensa sensación que experimentaba al verle. En la caricia que le hizo antes de besarla. Pensó en Alberto. Y mientras contemplaba la estrella, cantó la canción para Alberto.

‘’Cárcel de Ventas, hotel maravilloso

donde se come y se vive a to confort

donde no hay, ni cama ni reposo

y en los infiernos se está mucho mejor.

hay colas hasta en los retretes

rico cemento dan por pan

lentejas, único alimento

un plato al día te darán

lujoso baldosín

tenemos por colchón

y al despertar tenemos desecho un riñón.’’

   Cuando llevaron a los hombres para fusilarles, los cuerpos de las mujeres todavía seguían allí, abandonados. Alberto vio a Mercedes y no pudo más. Quiso ir hacia ella. Correr. Cogerla en brazos y cuidarla. Quiso besarla. No pudo, le estaban sujetando. A Alberto ya no le importaba morir. Quería morir. Dispararon.

   Silencio. No se oía nada. Los ojos de Alberto se abrieron. Notaba una presión en su pierna. No le habían herido mortalmente, tan solo le habían alcanzado en la pierna. No habríaN disparado el 'tiro de gracia'. En unos minutos llegarían para recoger los cuerpos.

   1942. 20 de septiembre. Un joven de 20 años camina cansado por un sendero. Parece perdido, cojea, camina sin rumbo. Prefiere no mirar atrás. Se esfuerza por no hacerlo. Si gira la cabeza, sus ojos verán lo que más teme, una joven con ojos cálidos, y entonces no podrá seguir. Mejor caminar hacia delante, sin mirar atrás.